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Acto I - El aguacatero

Hace muchos, muchísimos años, en un lugar muy lejos de aquí, donde abundaban todo tipo de hortalizas y sabrosas frutas tropicales, desde los tomates más rojos hasta las piñas más dulces que jamás nadie de nuestra tierra hubiera podido imaginar, pasando por toda variedad de apetitosos melones y donde las fresas tenían el tamaño de una jugosa pelota de tenis encarnada, vivían una niña y un niño a quienes les encantaban las sandías.


¡Y Las sandías de esta tierra tan fecunda eran mágicas! ¡Sí, mágicas! Antes de abrirlas podías decidir qué sabor tendrían. Podías imaginarte que sabrían a chocolate, a vainilla o a nata, por ejemplo, y cuando las abrías se habían convertido en la más sabrosa sandía del mundo… con sabor a chocolate, a vainilla o a nata. Exactamente lo que cada uno hubiera deseado en secreto.


Por eso, su fruta preferida eran las sandías. Además, como el clima de ese valle era tan agradable que no hacía falta abrigarse en invierno, había sandías todo el año. Algunas eran tan grandes que no podían llevarse a casa y tenían que comerse en el campo, por lo cual a estos niños les encantaba salir al campo con mamá y papá los fines de semana, y entre semana también, si habían terminado los deberes de la escuela con tiempo.


¡Ah, pero si no os los he presentado! ¡Huy, qué despiste más grande! Pues bien, ella, que era la pequeña de los dos, se llamaba Ávila, y él, que la quería y la cuidaba mucho, se llamaba Aero. Cuando estaban juntos y conocían a otros niños, decían a la vez: “hola, nosotros somos A y A”, y todos se reían a carcajadas.


Un día, después de comer tanta sandía de chocolate que casi le salía por las orejas, Aero vio algo un poco extraño en un árbol cerca del huerto de sus abuelos, donde habían ido a pasar el día. No sabía por qué no lo había visto antes, pero el caso es que era un árbol enorme, y de él colgaban unos frutos como peras, pero nada apetitosos: estaban arrugados como si estuvieran enfermos.


“¡Mira!”, le dijo a su hermanita, “¿has visto la fruta que cuelga de ese árbol, el que está cerca del huerto? Parecen peras arrugadas. No parecen nada apetecibles.” Ávila enseguida dijo: “Sólo hay una manera de comprobarlo, ¿no crees? Vamos a probarla. A lo mejor sabe de maravilla.” Y, animados por lo que iban a probar, se acercaron al árbol y arrancaron uno de esos frutos. “Está más arrugado que la piel del abuelo”, dijo Aero. “Sí”, dijo Ávila y, sin esperar más, le hincó el diente a la fruta. “¡Puag!, no parece que sea comestible”. “Puede que haya que pelarlo, como las naranjas”, dijo Aero. “Vamos a pedirle al abuelo que nos lo pele”.


Se acercaron con su fruto al abuelo y le dijeron: “mira, abuelo, lo que hemos visto en el árbol que está justo al lado del huerto. Parece una fruta, pero no se puede comer.” Su abuelo sonrió y les respondió: “claro, el árbol es un aguacatero y el fruto es un aguacate, que además tiene la suerte de tener muchos nombres, como palta, cura, avocado o pagua. Pues bien, el aguacate debe abrirse antes de comerse.” “¡Pélalo, pélalo!”, dijeron Ávila y Aero al unísono. “Pélalo, pélalo”, repitieron. Su abuelo sacó la navaja que siempre llevaba en el bolsillo, pero no lo peló como se pela una naranja, sino que lo cortó en redondo y lo abrió por la mitad. Ávila y Aero se quedaron con la boca abierta: dentro había una pelota casi negra, de un buen tamaño. Nada que ver con las pepitas de las sandías o las semillas de las manzanas. Era enorme. Ocupaba todo el centro de la fruta. “Anda, abuelo, ¿esa bola tan grande es la semilla?”. “Sí”, dijo el abuelo. “Crecerá y un día será grande, como vosotros. Será un gran árbol que os dará muchas frutas”. “¿Y a qué sabe?”, preguntó Ávila, que estaba deseando comérselo. “Pronto lo sabrás”, dijo el abuelo y, sin dejar de sonreír, les dijo: “vamos a salir de dudas”. “¿Es mágico como las sandías?”, preguntó Aero. “Para algunos, tanto o más”, contestó el abuelo. “Ahora, vamos a entrar a casa, porque para comer esta fruta hacen faltan cucharas”. “¿Una fruta que se come con cuchara? ¡Qué raro!”, dijeron los dos niños, y pensaron que a lo mejor el abuelo estaba bromeando, pero entraron con él, llenos de curiosidad.


La abuela, que ya los había visto por la ventana, tenía preparadas unas cucharillas. Ávila, que era la más aventurera de los dos, hundió la suya y sacó un buen pedazo del interior de la fruta, que era cremoso y fácil de cortar. Aero, en cambio, acordándose de lo pachucho de la cáscara, al principio sólo sacó un poquito de esa pasta verde.


Los dos se llevaron la cuchara a la boca a la vez, y a los dos se les pusieron los ojos como platos. ¡Qué maravilla! La pasta verde era tan suave como la mantequilla que hacían los abuelos. “¿Y puede ponerse en el pan, como la mantequilla?”, preguntó Ávila. “Por supuesto, ahora os corto un par de rebanadas”, dijo la abuela, que enseguida volvió de la cocina con dos buenas rebanadas de pan recién hecho. “Y esto no es todo, porque el aguacate se puede comer sólo o mezclado. Ya veréis cuando probéis el guacamole que voy a hacer para la cena”, dijo.


Aero y Ávila quedaron encantados con el guacamole de los abuelos. Era un sabor de ensueño. “Cuando se me caiga un diente, le voy a pedir al ratoncito Pérez que me regale un aguacatero pequeño, que crecerá al mismo tiempo que yo”, dijo Ávila. “¡Lo mismo digo!”, exclamó entusiasmado Aero.


Después de la cena y antes de volver a casa con sus papás, Ávila y Aero volvieron al aguacatero y arrancaron un aguacate para llevárselo a casa. Al llegar, justo antes de irse a la cama, lo metieron en una cajita, entre algodones, y lo guardaron en el armario. Tenían que buscar una ocasión especial para comérselo.


Acto II - El cumpleaños

Pasó un tiempo, y Aero y Ávila siguieron disfrutando de todas las frutas que a diario traían sus padres a casa después del trabajo: mangos, kiwis, manzanas, ciruelas, naranjas, mandarinas, peras… y ¡sandías mágicas, por supuesto que sandías mágicas!


Se estaba acercando el cumpleaños de Aero, y le dijo Ávila: “¿qué te parece si celebramos tu cumpleaños con el aguacate que trajimos?” A Aero le pareció una idea excelente: “¡qué bien!, vamos a pedirles a nuestros papás que preparen un guacamole como el de los abuelos”.


Dicho y hecho: enseguida fueron a la habitación, sacaron la caja donde habían guardado el aguacate y la abrieron. ¡Oh, no! ¡No olía nada bien, y tenía incluso peor aspecto del que tienen los aguacates en los árboles! No sabían qué hacer. Estaban desilusionados. ¡Pobre aguacate, había estado abandonado todo este tiempo, y se había puesto triste!


Con mucho cuidado, lo llevaron a la cocina, donde su papá estaba preparando la cena ese día. Con cara de circunstancias, Aero le dijo: “papá, mira, el aguacate que trajimos de casa de los abuelos está muy triste porque lo dejamos solo mucho tiempo”. Ávila añadió: “¿tú crees que estará disgustado con nosotros?” “¡Qué va!”, les dijo su papá, “lo que pasa es que la fruta no se puede conservar para siempre, sino que hay que comérsela en un tiempo adecuado, y hay frutas que duran más que otras. Eso pasa con muchas otras cosas. Ya lo veréis cuando seáis mayores”. “Entonces”, dijo Aero, sintiéndose aliviado, “¿no está enojado con nosotros?”. Como era la primera vez que no se había comido la fruta el mismo día que se la daban, se había asustado un poco. “Desde luego que no”, dijo su padre, quien añadió: “¿quién de los dos me puede decir qué hemos aprendido de nuestro querido aguacate?” “¿Que la fruta puede ponerse mala y hay que comérsela a su debido tiempo?”, dijo Ávila. Aero, que era mayor, se quedó pensativo un ratito, y después agregó: “¿y que las cosas tienen su tiempo y no se puede esperar para siempre?” “Muy bien”, dijo su mamá, que los había oído desde el salón. “Hay que aprovechar las ocasiones y hay que disfrutar de los buenos ratos en su momento, pues algunas cosas no duran para siempre, como los aguacates”.


“¡Qué inteligente es mamá”, pensó Aero.


“Mamá sabe cuándo hay que comerse la fruta”, pensó Ávila, que era la pequeña de los dos.


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