Érase una vez, hace mucho, pero que mucho, muchísimo tiempo, una jovencita blanca como la nieve que tenía siete buenos amigos. Muy buenos amigos, sí, y muy divertidos, pero no muy altos. Me hubiera encantado contaros ese cuento, pero por desgracia parece que alguien se me adelantó hace tiempo (y lo mismo me pasa con el de un patito que no era muy agraciado, el pobre, mi segunda opción), de modo que nuestro cuento tendrá que ser un poquito diferente, no sé, a ver… Ah, ya sé: el de una polillita gris y no siete, sino ocho pequeñas orugas, que, evidentemente, tampoco eran muy altas.
La polilla gris y las ocho oruguitas vivían en un país donde, por alguna extraña razón, siempre estaba nublado y, claro, con tanto nubarrón, no es de extrañar que lloviera un día sí y otro también. Con toda esa lluvia, el país estaba lleno de hermosos bosques y verdes praderas, pero la polilla y las oruguitas no podían ver toda esa belleza, porque estaban siempre mirando con muchísimo cuidado por dónde iban, no fuera a ser que algún despistado les pusiera una pata encima y las convirtiera en una obra de arte abstracto estampada contra el suelo, preocupación que, en cierto modo, tampoco es de extrañar si una es una humilde oruga.
Antes de que me olvide: como esta historia ocurrió hace mucho, pero que mucho, muchísimo tiempo, me vais a perdonar si se me pasan algunos detalles, porque con la edad la memoria le empieza a jugar a uno malas pasadas y uno hasta se acuerda de cosas que nunca ocurrieron (lo cual no es el caso en nuestra historia, que, como veréis, es totalmente cierta… o al menos a grandes rasgos).
Bien, pues, sin más dilación, aquí os las presento:
Ariaseli, Flor, Martini, Pière, Katarka, Evvvi, Claudina y la más joven de todas, Emmmmi. Ah, y que no se me olvide presentaros también a la polillita, quien, como habréis podido adivinar, se llamaba Polillagrís.
Ariaseli era una oruguita de lo más inteligente. Su cerebrito era como una supercomputadora: se le ocurrían miles de cosas, tenía buenísimas ideas y no descansaba nunca, ni por un segundo. Claro que, como al fin y al cabo era el cerebrito de una oruga, tampoco daba para mucho, la verdad. Entre otras cosas, no se le había pasado por la cabeza que podía subir a las flores. De todos modos, las flores son altas y hay que trepar bastante para llegar a ellas, así que Ariaseli nunca se tomaba la molestia de intentar llegar a algo que parecía inalcanzable.
Por cierto, se me olvidaba decir que este país cubierto de nubes donde llovía tanto estaba lleno de flores, todo tipo de flores, de todos los tamaños, colores y olores, pero Ariaseli pensaba que las flores eran para las abejas y otros insectos, no para ella.
Hablando de flores, Flor era una oruguita que había visto lo peor. Había visto cómo algunos animales pisoteaban a otros animales más pequeños sin el menor cuidado. Había visto cómo algunas bestias abusaban de otras criaturas inocentes e indefensas. Había visto, en fin, el infierno en la tierra. Para protegerse, había desarrollado un caparazón digno de las tortugas gigantes de las islas Galápagos y había intentado huir de sus recuerdos. Por desgracia, las orugas, sobre todo las pequeñas, no pueden desarrollar un caparazón de tortuga, o al menos no uno muy grueso, y además, a pesar de sus muchos pies, no pueden correr a una velocidad suficiente como para olvidar sus recuerdos, con lo que el truco no le funcionó a Flor durante mucho tiempo: no tardó demasiado en verse aplastada por el peso de su propio caparazón, y su cuerpo comenzó a desmoronarse antes de tiempo.
¿Qué decir de Martini? Quizá lo primero que se os venga a la cabeza es que debía de ser una bebedora empedernida, ¿verdad? También que tendría la personalidad abierta y extrovertida que asociamos con los italianos, pero no: más bien al contrario. Para empezar, nadie en este nuboso país era italiano, pues Italia es un país muy distinto, y dicen que buena parte de él es bastante soleada. Además, Martini no sólo no era una gran bebedora, sino que era abstemia y prefería los jugos de fruta recién exprimidos.
Lo que sí era es una oruguita muy creativa: siempre estaba pintando, esculpiendo o haciendo todo tipo de manualidades. Como las orugas tienen muchas manos, Martini hacía muchísimas cosas, todas ellas preciosas, pero se le había olvidado cómo disfrutar haciéndolas. Quizá estaba demasiado ocupada haciéndolas como para disfrutarlas. Puede que sea porque no sabía que podía disfrutar de sus propias creaciones, aunque no estoy seguro. De lo que sí estoy seguro es de que a todo el mundo le encantaban las cosas que hacía Martini, menos a Martini.
Uno podría pensar que Pière era una oruga francesa, con ese nombre tan típico, aunque estuviera mal escrito. La culpa de que estuviera mal escrito era de sus padres, porque las orugas no van a la escuela y no aprenden a leer ni a escribir. Así que, a pesar de su nombre, Pière había nacido y se había criado en este país lleno de nubarrones, y muy raramente se subía a alguna flor para disfrutar de su perfume.
No tenía tiempo: había aprendido desde pequeñita a ser una oruguita hacendosa, que se pasaba todos sus ratos libres desbrozando el camino de las demás orugas para que pudieran caminar sin tropezarse, aunque todo el mundo sabe que las orugas, por lo menos en principio, no pueden tropezarse porque tienen muchos pies. Pues bien, el caso es que Pière sí se tropezó, dándose de narices (¿o quizá sea de morros?) contra el suelo.
Diréis que tampoco sería para tanto, porque, como las orugas andan tan cerca del suelo, no pudo ser un golpe muy fuerte, pero, muy al contrario, Pière se hizo bastante daño: como había estado tan ocupada limpiando el camino de las demás orugas, se le había olvidado prestar atención a su propia vereda, y pagó el descuido con una nariz (¿o quizá sea un morro?) rota.
Katarka era una oruguita de lo más sonriente. Podría decirse que era una oruguita feliz. Su personalidad era tan soleada que podríamos pensar que Katarka no pegaba con este país tan nublado y lluvioso. Tenía sonrisas para todos. Unas sonrisas muy contagiosas, por cierto.
Como Flor, Ariaseli, Pière y los demás, siempre se aseguraba de que cualquiera que se cruzase por su camino se marchase con una flamante nueva sonrisa de oreja a oreja. Regalar sonrisas la hacía feliz, o eso pensaba ella, porque al final se quedó sin ellas. Como no sabía contar, porque, como hemos dicho, las orugas no van a la escuela, había terminado por dar todas sus sonrisas y se había quedado sin ninguna para sí misma.
Se le había olvidado que una debe regar continuamente su propio árbol de sonrisas.
¡Huyyyyy!
Un ¡huy! enorme, porque no tardó mucho tiempo en acabar, como Pière, con una nariz (¿o quizá sea un morro?) de lo más estropeada.
Evvvi se sentía avejentada. Se había pasado media vida cuidando de otras orugas mayores que no podían valerse por sí mismas y al final se le habían pegado sus achaques, porque ya sabemos que todo se pega menos el dinero, del que, por otra parte, no tenía demasiado.
Además, como el cerebro de las orugas es tan pequeño, no es muy difícil perderlo o extraviarlo a nada que una se descuide.
Eso es lo que le pasó a Evvvi, que casi perdió la cabeza, porque sentía todo el peso del mundo sobre sus espaldas. Como las orugas tienen montones de brazos, también tienen montones de espaldas, así que Evvvi simplemente cargaba demasiado peso sobre las suyas y, aunque Pière le había arreglado el camino con muchísimo esmero, al final Evvvi se derrumbó un día de otoño en que el viento había arrancado una hoja seca, que le cayó justo encima.
Al fin y al cabo, las orugas son unos seres muy delicados y si no se cuidan pueden derrumbarse con facilidad, por muchos pies que tengan.
Claudina era una oruguita bien juguetona. Como a su amiga Katarka, le encantaba ver a otros sonreír y siempre se le ocurría algún comentario gracioso. Era, como suele decirse, el alma de la fiesta, y siempre tenía unas ideas muy divertidas. A todos les encantaban sus ocurrencias.
Siempre podías contar con que Claudina hiciera reír a todo el mundo, tanto que sus hombros (tooodos sus hombros) se agitaran arriba y abajo descontroladamente. Cuando estaban juntas, podríamos pensar que estaban haciendo ejercicios de hombros bajo la dirección de su fisioterapeuta, quien, en opinión de Claudina, disfrutaba haciéndoles sacar la lengua de cansancio.
Su humor era una suerte para otros, pero no para Claudina, que usaba su don como mecanismo de protección, con lo que terminó por perderse a pesar de que Pière le había dejado el camino totalmente despejado. Como se había dedicado a hacer reír a todo el mundo, se le había pasado totalmente recargar las pequeñas baterías de su cabeza, que terminaron por agotarse. Ya sabemos que si uno no recarga su propia batería, es cuestión de tiempo…
Cuando Claudina quiso darse cuenta de su error, ya era demasiado tarde: se le había olvidado completamente reírse al ritmo de la música del bosque.
Emmmmi era la más joven de las oruguitas. Su nombre tenía muchas m porque decía que así al escribirlo se parecía más a una oruga con muchas patitas. No sé de dónde había sacado esa idea, porque nunca había ido a la escuela y por lo tanto no sabía escribir su nombre (tampoco su apellllido).
El caso es que Emmmmi era una oruga muy callada, que había descubierto algo que muy pocas orugas sabían: que el silencio también dice cosas a quien sabe prestar atención.
En efecto, Emmmmi tenía un oído afinadísimo y podía sentir el sonido de todo. A menudo se quedaba muy quieta, oyendo cómo jugaba el viento con las hojas de los árboles, la sonrisa de Katarka, los pensamientos de Evvvi, los dolorosos recuerdos de Flor…
A Emmmmi no le gustaba hacer ningún ruido, y sobre todo nunca levantaba la voz ni quería molestar a nadie lo más mínimo. Claro que eso significaba que las pocas veces que hablaba, lo hacía demasiado bajito y era casi imposible oírla.
Prefería quedarse en un rincón observándolo todo, y ahí estaba el problema: como era tan buena escuchando el silencio, terminó por olvidarse de hacer su propio sonido y bailar al son de su propia música.
De hecho, ya no se acordaba de cómo bailar, y el país de las orugas tenía algunos nubarrones de más porque tenía algún baile de menos.
En resumen, Polillagrís y sus amigas vivían demasiado cerca del suelo, sintiéndose como unas humildes orugas que bastante tenían con evitar ser la cena de algún pájaro de mal agüero, acabar aplastadas bajo una hoja seca o la pata de algún animal, o terminar ahogadas en una gota de lluvia. Cansadas de estar preocupadas todo el día, decidieron hacer algo al respecto para dejar de vivir con miedo y comenzar a disfrutar la vida como cualquier otra oruga.
Al principio lo intentaron cada una por su lado, usando el poder de su propio cerebro, pero sus cerebros eran demasiado pequeños y no tenían la potencia necesaria como para levantar tan pesada carga. Al final, se juntaron en un único capullo para ver si se les ocurría algo entre todas.
En cuanto empezaron a prestar atención a los sonidos del bosque, descubrieron que podían oír el silencio del bosque en invierno. También descubrieron que podían ver la sonrisa de las flores de los prados; podían degustar los sabores de los cientos de plantas que ni siquiera habían notado antes; podían sentir la suavidad del suelo del bosque bajo sus “pieses” (aclaremos que, como no habían ido a la escuela, no sabían que patas es siempre pies, aunque tengas tantas patas como un ciempiés, porque, la verdad, todo esto de los pies y las patas suena algo complicado y no me extraña que no lo tuvieran muy claro); podían bailar manteniendo la mitad de sus patas (o pies) en el suelo y moviendo el resto del cuerpo al ritmo de la lluvia; podían…
Estaban tan absortas disfrutando de todas esas nuevas sensaciones a resguardo dentro del capullo que no se percataron de que estaba pasando algo muy extraño.
Fue Ariaseli, con su gran cerebrito (dentro de lo grande que pueda ser el cerebro de una oruga, por supuesto) quien dijo la palabra mágica:
“¡Metamorfosis!”
Katarka se acordó de Kafka y simplemente sonrió, al igual que Emmmmi. Claudina no pudo aguantar una broma: “¡ojo con esa lengua, que no te hemos hecho nada!”. A Martini y Pière, nuestras dos extranjeras, se les saltaron las lágrimas de la risa, al igual que a Evvvi y Flor, quienes se dieron cuenta de que el dolor físico o mental duele menos cuando también te duele la barriga de tanto reírte junto con tus amigas.
Un minuto después salieron del capullo. Volando por encima de las copas de los árboles, ahora podían observar desde arriba las montañas, el bosque y las praderas, y también podían oler el perfume de las flores (y otros olores menos atractivos, y es que no en vano habían pasado bastante tiempo arremolinadas en el capullo, pero no entremos en detalles), y pensaron: “pues no está nada mal este país, después de todo, naaaada mal”.
Porque cuando una humilde oruguita aprende a disfrutar con sus cinco sentidos, se transforma en algo diferente, y con ello el mundo también se convierte en un lugar mejor para todos, porque ahora cuenta con una nueva
¡mariposa!
P.D: Ah, ¿que qué fue de la humilde Polillagrís? Me alegro de que me lo preguntéis. Pues bien, después de ver a sus amigas despojarse de su piel de oruga y salir volando convertidas en mariposas, se dio cuenta de que ella también había sido siempre una mariposa de muchos colores, sólo que hasta ese momento no había mirado bien dentro de su propio corazón. Ahora lo veía todo más claro, muchísimo más claro.